El homúnculo de Maimónides.

Maimonides 02

Moses ben Maimon, conocido como Maimónides, estudió con el profeta Elijah, que no sólo le reveló todos los misterios de la Torá y de las ciencias sino que también le entregó dos libros secretos –El Libro de la Creación y El Libro de la Sanación. Con la ayuda de estos dos textos maravillosos, Maimónides pudo comprender los mayores secretos de la naturaleza y curar todas las enfermedades. Su fama se expandió por toda Europa, y en las más distantes tierras la gente hablaba de la gran sabiduría del famoso doctor judío de Córdoba.

Sucedió que el único hijo de un rico hombre de negocios de Londres, cuya sed de conocimiento no podía ser saciada por los maestros de su propio país, abandonó en secreto el hogar de sus padres y viajó a Córdoba. No resultaría suficiente, pensó el joven, convertirse en discípulo de este doctor; quería observar al tan estimado hombre en su propia casa y averiguar los secretos y misterios que el maestro guardaba tan sólo para sí. Por tanto, el joven empleó un hábil plan para conseguir su propósito. Se presentó ante el rabino, vestido de forma modesta y pobre, aparentando ser tonto. Con expresiones lastimeras y gestos de súplica hizo entender al rabino que quería entrar a su servicio.

Maimónides se conmovió ante lo que el destino había deparado al joven y lo aceptó como sirviente. Y, en virtud de sus atenciones y puntualidad, el silente criado se ganó el favor de su amo hasta tal punto que en poco tiempo consiguió ser convocado para que le ayudara con sus experimentos. Durante este tiempo el estudiante aumentó asimismo sus conocimientos teóricos. En cada ausencia de su amo estudiaba los libros y trabajos de su maestro con gran diligencia, de tal modo que en pocos años era casi su igual.

Sucedió que un distinguido cortesano cayó enfermo de un misterioso mal. Aunque no había signos externos en ninguna parte de su cuerpo, de vez en cuando caía en un estado de frenesí y giraba sobre sí mismo, como guiado por fuerzas invisibles, hasta que caía al suelo exhausto.

Las artes de todos los médicos españoles fueron inútiles; la enfermedad empeoraba y empeoraba, y la vida del cortesano corría grave peligro. Como último recurso fueron a buscar al médico judío Maimónides que, inmediatamente, vio cuál era el problema. “Este enfermo tiene un gusano en su cerebro. Sólo hay una manera de salvarlo: taladrar el cráneo y extirpar el gusano.” Durante mucho tiempo, el cortesano no se decidió a someterse a la operación. Pero como la enfermedad seguía empeorando, finalmente accedió.

Maimónides y su mudo sirviente fueron a casa del enfermo con todo el instrumental necesario para encontrarse con que una gran cantidad de médicos se habían agolpado allí para presenciar el procedimiento. Con mano firme y hábil, Maimónides realizó la peligrosa operación. Retiró una parte del cráneo y pudieron observar el gusano que se hallaba inmóvil sobre el delicado tejido cerebral. Todos quedaron asombrados ante la sabiduría y habilidad del doctor judío. Entonces Maimónides tomó unas pinzas para retirar el gusano. Justo entonces, una extraña voz a su espalda gritó, “¡Deteneos, maestro! ¡Vais a matar a ese hombre!” Sorprendido, Maimónides dejó caer las pinzas y se volvió asombrado hacia quien había hablado. Era su sirviente. “¿Qué es esto? ¿Me has engañado?“, preguntó un furioso Maimónides. “Perdonadme, maestro. Más tarde os explicaré el motivo de mi engaño. Pero ahora debemos salvar al enfermo. Mirad, el gusano ha estado succionando con fuerza el cerebro, y si lo sacáis por la fuerza se lesionará el órgano y se perderá la vida de este hombre.” “¿Qué podemos hacer para extraer el gusano?“, preguntó Maimónides. “Señor“, replicó el estudiante, “vos mismo lo explicasteis en vuestros escritos. Acercad una planta al lugar y el gusano abandonará su posición para penetrar en ella.” De modo que Maimónides hizo traer una planta, el cortesano sanó, y Maimónides se convirtió en el médico oficial del rey.

Después de esta operación, Maimónides perdonó el engaño de su pupilo y lo trató casi como a un igual. Con el tiempo los dos se hicieron inseparables. Realizaban la mayor parte de sus investigaciones en común, y cuando uno de ellos llegaba a un callejón sin salida, el otro acudía en su auxilio. De este modo estudiaron juntos casi todas las ramas del conocimiento.

Un día, estando sentados juntos en el estudio, el maestro dijo, “Veo que casi me has sobrepasado en conocimientos. Porque has asimilado enseguida lo que a mí me costó años de lucha comprender. Y tu poderoso espíritu libre puede ir mucho más allá que el mío, porque está más en consonancia con asuntos mundanos que el mío. Por tanto, sigamos juntos un camino nunca hollado por las pasadas generaciones. Observemos los secretos de la creación y la destrucción en la naturaleza y después resolvamos el gran enigma de la creación.” “Mi señor y maestro,”, contestó el joven, “Todavía soy joven y no sé distinguir lo verdadero de lo falso. Aún no comprendo hasta qué punto le es permitido al espíritu humano adentrarse en los secretos de la naturaleza, pero tal atrevimiento me parece pecaminoso para un simple mortal y sólo puede incitar la ira del Creador.” “Todo esto“, replicó el maestro haciendo un gesto con su brazo, “pertenece al espíritu humano, que puede contemplarlo y emplearlo como desee. El espíritu humano puede buscar hasta encontrar la verdad, puede incluso crear un mundo.” “Señor, vuestras palabras me aterran. Sin embargo, estoy listo para seguiros a dondequiera que esto nos pueda encaminar. Junto a vos no puedo tropezar.”

“Una vez más reconozco a mi valioso discípulo”, dijo Maimónides, mientras se volvía hacia la estantería  y tomaba un gran manuscrito de El libro de la Creación del interior de un cajón oculto.

“¿Has leído algo de este libro?”, preguntó. “Lo he leído a menudo con asombro -y no sin terror- por las maravillas que contiene”, contestó el discípulo. “¿Cuál es tu opinión sobre los secretos que alberga?, preguntó Maimónides. “Dudo que sean ciertos”, dijo el discípulo, “Pero parece que vuestro poderoso espíritu desea ser persuadido.”

“Experimentaremos”, dijo Maimónides. Abrió el libro y señaló un párrafo concreto. “Aquí dice, «matar un hombre sano, cortar su cuerpo en pedazos, y poner los pedazos en un contenedor de vidrio en el que se haya hecho el vacío. Espolvorearlo con una esencia extraída de la savia del Árbol de la Vida y el bálsamo de la Inmortalidad, y tras nueve meses las piezas de este cuerpo volverán a la vida. Será un cuerpo inmortal e imposible de dañar».”

“Maestro, ¿a quién elegiremos para tan peligroso experimento?”, preguntó ansioso el joven. “A tí o a mí”, respondió Maimónides, “el azar decidirá. Pero primero juremos, en Nombre del Eterno, que el superviviente permitirá que las partes muertas maduren y nunca, por ninguna razón, destruirá con hipocresía el contenedor, con el fin de terminar con la vida del embrión.” Ambos hombres posaron sus manos sobre el Sagrado Pergamino y juraron ante el Todopoderoso. Echadas las suertes, le tocó al discípulo. Maimónides conjuró al Ángel de la Muerte, y el joven cayó al suelo sin vida. Maimónides cortó el cuerpo en pedazos, los puso en un contenedor de vidrio, lo espolvoreó con la esencia maravillosa y abandonó el aposento, que cerró cuidadosamente y al que no entró durante cuatro meses.

Finalmente, torturado por la duda y la curiosidad, escudriñó la masa de carne muerta. Y, maravilla de las maravillas, ya no había pedazos cortados, sino miembros estructurados, como si hubieran cristalizado en el contenedor de vidrio. Lleno de felicidad por la restauración de su discípulo, abandonó el aposento y esperó un mes. Al quinto mes ya se podía reconocer la forma de un cuerpo humano. Al sexto eran visibles arterias y nervios, y en el séptimo podían percibirse movimiento y vida en los órganos. El investigador, sin embargo, se preocupó. Ahora Maimónides se convenció de la veracidad de El libro de la Creación. Y quedó aterrado por el futuro. “¿Qué horrores aguardan a la especie humana si permito que ésto dé fruto? Si este hombre inmortal, con todo su poder, vaga entre sus hermanos, ¿acaso no será deificado y adorado y no será la santa revelación, las Leyes de Moisés, negada y con el tiempo enteramente olvidada?” Así discurrió Maimónides mientras abandonaba el aposento. Al final del octavo mes, inseguro y profundamente preocupado, se aproximó hacia el ser en desarrollo y quedó estupefacto cuando el rostro casi completamente formado le sonrió. Incapaz de soportar la demoníaca sonrisa, huyó del aposento. “¡Oh, Señor, qué he hecho! Es cierto que el hombre no debe investigar hasta el final; lo que está más allá nos conduce al Infierno.”

Homunculus 01

Pocos días después Maimónides se presentó ante el Gran Consejo y explicó el caso. Después de larga reflexión, los sabios rabinos decidieron: para proteger a la humanidad de un horror y preservar el honor de Dios, el voto debía romperse y el hombre debía morir. Basaron su decisión en un versículo de los Salmos: Tiempo es de obrar por Dios, pues quieren destruir tu ley. *

Al comenzar el noveno mes, Maimónides entró en el aposento con el propósito de destruir su creación. Llevaba consigo un perro y un gato, que soltó para que se persiguieran el uno al otro. En medio de esta lucha, el contenedor de cristal cayó al suelo y se hizo mil pedazos. El cadáver yacía a los pies de Maimónides. Después de recobrarse, Maimónides enterró el cuerpo y tomó el pernicioso volumen, que arrojó a las llamas de la chimenea. Pero nada volvió a ser igual. Maimónides fue atacado por los sabios de la corte y acusado de prácticas mágicas, escapando de ser sometido a juicio tan sólo por una oportuna huida a Egipto. Pero incluso allí fue perseguido y tratado como enemigo tanto por sus correligionarios judíos como por los no creyentes y desde entonces su vida estuvo llena de dolor.

Howard Schwartz
Traducido del inglés por Nozick

* Salmos 119:126.

Cenefa Separadora

Fuentes:

 

  1. The Homunculus of Maimonides. From “Lilith’s cave. Jewish tales of the supernatural.” 1988. Copyright: Howard Schwartz.