Helena de Troya #1.

Rabino 02

Un día llegó un hombre desaliñado a una pequeña ciudad del sur de Francia y compró una vieja casa. Su cuerpo encorvado era la viva imagen de la derrota y sus ojos miraban hacia el suelo. Pero al levantar la cabeza se observaba que sus ojos tenían una mirada fiera, como la de un fanático. Se llamaba José de la Reina, pero eso era todo lo que reveló de sí mismo. Rehusó decir de dónde venía o a qué se había dedicado. Raras veces salía de la casa, ni siquiera para ir al mercado, y su aislamiento le convirtió en objeto de rumores entre las gentes de la ciudad. Algunos decían que era un hechicero, otros que era el mismo diablo. Se le había visto en ocasiones hablando con alguien en su casa, aunque vivía sólo y jamás se vio a nadie entrar o salir de allí. Su presencia en la ciudad resultaba inquietante.

Ahora bien, para ser sinceros, el anciano era en realidad un mago. Una vez, mucho tiempo atrás, había sido un sabio y se le había considerado un santo. Pero el destino lo había arrastrado al otro lado, y ahora estaba unido a Lilith, la Reina de los Demonios. Porque era nada más y nada menos que la propia Lilith a quien hablaba, que lo estaba conduciendo por los vericuetos de la Magia Negra. Así era como se sustentaba, haciendo aparecer frutos de todos los rincones del globo: algarrobas de Tierra Santa, olivas de Grecia, manzanas carmesíes de las tierras del sur. En su juventud había pasado días enteros ayunando para santificarse. Pero ahora le gustaba saborear suculentos frutos y regalarse con platos deliciosos, y con la ayuda de Lilith podía permitirse todo lo que deseaba.

Pero otros deseos le invadían, además de los placeres de la mesa. Deseaba, sobre todo, poseer a la más deseable de las mujeres del mundo. Lilith no se mostraba celosa, por el contrario le animó a hacer realidad cada uno de sus deseos. En toda Europa se decía que la Reina Dolphina de Francia era la más bella de las mujeres sobre la tierra. Y José de la Reina estaba decidido a hacerla suya y, según decía, en su propia casa. Y con la ayuda de Lilith consiguió que así fuera.

Primero, utilizando los hechizos que había aprendido, muchos de los cuales requerían el uso de nombres sagrados que antaño había utilizado para propósitos santos, José de la Reina creó la ilusión de que la modesta casa en la que vivía era un palacio. Desde el exterior seguía pareciendo la misma, vieja y arruinada, pero en su interior parecía inmensa e interminable, con muchos pisos e infinidad de estancias en cada uno de ellos. Porque con la ayuda de Lilith, había pronunciado un hechizo que había transportado el palacio de Asmodeo, Rey de los Demonios, al interior de su casa. Y como el palacio era tan sólo una ilusión, cabía perfectamente en un lugar tan pequeño. De hecho, era un albergue mucho mayor que el del palacio, que estaba escondido en una secreta caverna de una cueva remota en los Montes de la Oscuridad.

Lilith Y Asmodeo 02

Una vez creada la impresión de riqueza sin límites, José de la Reina pronunció los nombres que le permitían arrebatar a la Reina Dolphina en cuanto se durmiera, de modo que su cuerpo se desvaneciera del tálamo real para aparecer súbitamente en el ornamentado lecho de José de la Reina. La reina se despertó al sentir que unas manos la desvestían y cuando abrió los ojos y vio el horrible semblante de José de la Reina cernirse sobre ella, casi perdió el sentido. Buscó consuelo repitiéndose que no era más que un sueño. Pero no lo era.

De hecho, el horror no había hecho más que empezar, porque la mirada en los ojos de José de la Reina era tan terrible que la reina temió seriamente por su vida. Así que no se resistió cuando él tomó la flor de su belleza, porque vio que sería inútil.

Después, José de la Reina se dirigió a ella por primera vez. “Fuisteis sabia, vuestra Majestad, en no intentar negarme vuestros favores. Sabed que estáis a merced de mi poder, y que vuestra misma vida está en mis manos. Sabed también que volveréis al palacio del rey por la mañana, pero que debéis permanecer en mi compañía toda la noche. De hecho, la noche nos pertenece y nos encontraremos en muchas ocasiones, como tendréis ocasión de comprobar.” Y la reina tembló al escuchar estas palabras, al comprobar que había caído en las manos de un mago perturbado. Miró en torno a la habitación y vio que estaba decorada con objetos más valiosos que los de su propio palacio, y se dio cuenta que tal riqueza, combinada con el poder que la había transportado hasta allí, era realmente una amenaza formidable.

Pensar que debía quedarse toda la noche con un lunático aterró a la reina que, desesperada, intentó entablar una conversación con él para librarse de su lujuria. Le dijo “No sabía que alguien con tal maestría se había mudado a nuestro reino. Si hubierais venido a palacio para revelar vuestro gran poder con toda seguridad habríais sido nombrado virrey. Quizás no sea demasiado tarde. Haced que vuelva a mis aposentos y olvidaré lo que ha sucedido, ocupándome de que esposo el rey os conceda una audiencia.”

José de la Reina rió de forma terrible al escuchar tales palabras. “¿Por qué iba a servir al rey, que no es más que un rey entre hombres? ¡Mi rey gobierna todas las fuerzas del lado oscuro, todas las legiones de demonios, las puertas del infierno!” Y la pobre reina Dolphina se dio cuenta de que era la víctima de un esclavo de los poderes diabólicos, y apenas pudo concebir que tal cosa le estuviera sucediendo. Aun así, intentó permanecer en calma. “Entonces, ¿quién sois vos?”, preguntó. “¿Y cómo habéis llegado hasta aquí?”

Cuando la reina Dolphina hizo esta pregunta a José de la Reina, sintió cómo la angustia y el remordimiento lo atravesaban y por un momento recordó la promesa que había rechazado cuando había tenido la redención al alcance de la mano. Desde entonces, muchos años atrás, no había vuelto a hablar con ningún ser humano. Su única compañía había sido Lilith, que lo había envenenado con su perversidad para que en su interior no quedara ni rastro de santidad. Nadie de entre los vivos sabía lo que le había ocurrido. Porque todos los discípulos que se le habían unido en su locura habían perdido sus vidas en el mismo desastroso momento. Embargado por un gran deseo de contar su historia, y como en trance, José de la Reina comenzó a hablar:

“Me llamo José de la Reina. Me atrevo a revelar mi nombre porque no existe poder mortal mayor que el mío. Cuando volváis intentad, si os place, hacer que me encuentren. Enviad la guardia palaciega, una legión entera de vuestro ejército; será inútil. Nadie puede encontrarme. Estoy tan a salvo del deseo de venganza de vuestro amante que voy a revelaros todo lo que me habéis preguntado y todavía más: os contaré mi historia, aún siendo terrible, y descubriréis a quien os habéis entregado. Sabed que en todo el mundo no hay más que un puñado de sabios a quienes el profeta Elías 1 reveló los ocultos secretos de la Torá, y mucho tiempo atrás yo fui uno de ellos. Elías fue mi constante compañía, de sus labios extraje el fuego del Sinaí del mismo modo que la primera vez. De él escuché las mismas verdades reveladas a Moisés en las alturas, cuyo eco se perdió en el mundo desde entonces. Y de todos los secretos y misterios que se hicieron evidentes para mí, advertí que mi mayor anhelo no era un deseo imposible, sino uno que podía hacerse realidad. Os preguntaréis cuál era. Deseaba, más que cualquier otra cosa, traer a este mundo la Era de la Redención; lo deseé para acortar la venida del elegido que puede traer consigo el Fin de los Tiempos; traté de convocar al mismo Mesías desde el palacio conocido como el Nido del Pájaro, que es su hogar en las alturas.

1 Profeta hebreo que luchó contra Acab y Jezabel, adoradores de Baal. (Ver I Reyes, capítulos 17 a 21 y II Reyes, capítulos 1 y 2). (Nozick).

Elias 02

Estuve obsesionado con esos pensamientos durante muchos días, hasta que no pude contenerme más y un día rogué a Elías que me revelara el secreto oculto tras ese misterio. Entonces Elías enmudeció y se fue. No regresó. Cuando advertí que me había abandonado me invadió la tristeza. Recordé a Adán, que había permanecido en el río Gihón tras su pecado hasta que su piel comenzó a arrugarse, así que también me quedé en el río, llorando, orando y ayunando durante muchos días. Al fin, Elías vino en mi busca y me preguntó por qué había rogado con tanta insistencia que volviera. Le dije que mi único deseo era restaurar la Shekhinah, 2 la Novia de Dios, a su verdadera morada y así poner fin a su exilio. Elías me dijo que lo que intentaba hacer era muy peligroso y la posibilidad de éxito muy pequeña, y me instó a abandonar mi misión. Pero cuando vio mi determinación y que estaba dispuesto a morir en el intento, me contó muchos secretos y me reveló muchos misterios. Le escuché con tal atención que todo lo que iba diciendo quedaba grabado en mi memoria para siempre. Porque me reveló todo lo que tendría que hacer para poner fin al reino del mal. Se trataba nada menos que de capturar a los señores del Reino de las Tinieblas, Asmodeo, el rey, y Lilith, la reina. ¡La misma Lilith que es ahora mi esposa! El agudo recuerdo de su gran fracaso volvió a golpear a José de la Reina, que guardó silencio durante un largo rato. Y la Reina Dolphina, por primera vez, advirtió en él una chispa de humanidad al ver que todavía era capaz de mostrar signos de arrepentimiento.

2 En origen, era una referencia a la luz de Venus. La Shekhinah aparece en multitud de ocasiones en el Zohar, el libro hebreo de la Cábala. (Nozick).

El taciturno silencio de José de la Reina se prolongó durante mucho tiempo y finalmente el cielo comenzó a iluminarse. Cuando advirtió que el alba era inminente se irguió, dio la espalda a la reina y susurró en orden inverso los sagrados nombres que le habían permitido arrebatarla con anterioridad. Un instante más tarde, la reina se hallaba de nuevo en su cámara real, junto a su real esposo, que dormía profundamente. La reina sintió un gran alivio al ver que había escapado de las garras de aquel demente, pero todavía estaba obsesionada por los horrores de la noche anterior. Lo peor de todo era su promesa de que volvería a secuestrarla. ¿Se referiría a la noche siguiente? No podía ni pensarlo. Y aunque recordaba bien su advertencia de que no podría encontrarle, no iba a rendirse sin luchar. Y sin más dudas, despertó al rey y le contó la terrible historia.

Como cabía esperar, al rey le costó creer la historia de la reina. Después de todo, había guardias apostados en la puerta durante toda la noche, las ventanas estaban cerradas y él mismo había dormido junto a ella. Pensó que había sido víctima de un sueño verídico y  terrible. Aún así, un sueño tal era un mal presagio, así que ese mismo día hizo llamar a sus adivinos para que revelaran su significado. Pero cuando los adivinos, a quienes les eran familiares los senderos de la magia negra, oyeron la historia de la reina, confirmaron rápidamente su relato al rey, que acabó por aceptar su veracidad. Una gran cólera le invadió y se vio sumido en las tinieblas y el ansia de venganza. Porque su mujer había sido ultrajada y su honor mancillado de la forma más terrible. Y el peligro no había pasado, porque la reina de hecho permanecía en muy grave peligro.

Aquella tarde, el rey se aseguró de que hubiera guardias no sólo en el exterior de la cámara real, sino también dentro. Permaneció despierto, porque deseaba comprobar con sus propios ojos si la reina desaparecía realmente, porque todavía albergaba la esperanza de que se tratara de un sueño. Los augures le habían advertido que el momento de mayor peligro coincidiría con la medianoche y, según se acercaba, el rey prestó todavía más atención, abrazando fuertemente a su mujer. Entonces, justo al sonar las doce, la reina desapareció súbitamente. Nadie había entrado, pero le fue arrebatada de entre sus brazos ante sus propios ojos. Al ver esto, su terror fue tan grande que perdió el conocimiento.

(Continuará en un próximo post).

Howard Schwartz
Traducido del inglés por Nozick

Cenefa Separadora

Fuentes:

Helen of Troy. From “Lilith’s cave. Jewish tales of the supernatural.” 1988. Copyright: Howard Schwartz.