Nunca entres en una casita de caramelo.

Hansel Y Gretel 09

En la Edad Media desaparecían niños con una cierta frecuencia, para aparecer más tarde sin vida y desangrados. Con el tiempo se fueron forjando leyendas, mitos e invenciones para justificar las horribles prácticas a las que eran sometidos. Brujas, vampiros, hombres lobo y otras extrañas bestias, como la de Gevaudan, 1 sirvieron como coartada a los verdaderos culpables.

1 La bestia de Gevaudan, real o ficticia, era una fiera con aspecto de lobo que devoró unas cien personas -la mayoría mujeres y niños-, en la Auvernia francesa prerrevolucionaria, entre los años 1764 y 1767. Todos los esfuerzos dirigidos a neutralizarla fueron inútiles, a pesar de que el rey Luis XV se implicó personalmente en el caso. Todo indica que la mítica fiera existió en realidad y no era una mera leyenda. Al menos, las víctimas fueron reales. Resulta curioso leer el prólogo de la obra de Pierre Pourcher, en la que parece opinar que la bestia fue enviada para que la humanidad volviera al camino del bien, sometiéndose a los dictados de la Providencia. Y acaba concretando que los pecados cometidos en la región habían sido dos: la supresión de la festividad de San Severiano, primer obispo de Mende, que se celebraba el 26 de enero, y el abandono de la liturgia romana antigua, instigados por el Duque de Choiseul.
Pierre Pourcher nos relata el fin de la bestia del siguiente modo:
“… El 19 de junio, 300 cazadores y batidores se reunieron a las órdenes de Monsieur d’Apcher para cazar a la feroz bestia en los montes de Ténazeire. Los cazadores se dirigieron a sus puestos y la fortuna quiso que los batidores la forzaran a dirigirse hacia Jean Chastel, situado en Sogne d’Auvert. Cuando la bestia llegó, Chastel estaba dirigiendo sus rezos a la Sagrada Virgen. Había reconocido a la bestia, pero como hombre piadoso y con fe en la Madre de Dios quería finalizar sus plegarias. Cerró su libro de oraciones, plegó sus lentes, las guardó en su bolsillo, tomó su arma y mató a la bestia, que estaba frente a él, instantáneamente…” Chastel, a pesar de tener ya sesenta años, era un gran cazador, que iba acompañado por sus fieles perros, que inmobilizaron a la bestia tras recibir el disparo.

Bestia 09

También surgieron fábulas que pretendían servir de advertencia a los niños para que extremaran las precauciones ante los extraños. Una de ellas fue recogida por los Hermanos Jacob y Wilhelm Grimm: la de Hansel y Gretel. Los padres de estos niños (para dulcificar la crueldad de la madre se la sustituye por una madrastra) los abandonan a su suerte en mitad del bosque, porque no tienen medios para alimentarlos. Algunas versiones del cuento van más allá en su esfuerzo para intentar disminuir la culpa paterna: el abandono se produce cerca del palacio real para que algún noble los encuentre y se haga cargo de ellos.

Quién sabe si el supuesto abandono de los niños en el bosque no es en realidad más que una forma de representar la venta de niños llevada a cabo por padres miserables que se lucraban a costa de la vida y el futuro de sus hijos. Una práctica que ocurría en algunas ocasiones, con resultados funestos para las criaturas. El autor R. Po-Chia Hsia menciona al menos tres casos.

Uno de ellos sucedió en Regensburg, en 1467. “… Jossel admitió haber comprado un niño a una mendiga cristiana ocho años atrás, en Navidades…” El 29 de marzo, los magistrados arrestaron a seis judíos; el 9 de abril se encarceló a otros once. Seis de ellos confesaron -Jossel, Samuel, Eberlin, Abraham de Kitzing, Simón y Suessel- tras ser sometidos a tortura. El Emperador Federico III intervino y ordenó que se les pusiera en libertad sin fianza y que le fueran entregados. Tras múltiples apelaciones, todos los detenidos fueron liberados el 4 de septiembre de 1480, tras pagar veintitrés mil florines.

Otro acaeció en Benzhausen y Waldkirch, cuando un pastor encontró el Viernes Santo del año 1504 el cadáver de Matthew Bader, un niño de 7 años. “… Su padre, Philip Bader, fue arrestado por robocuando se le mostró el cuerpo de su hijodecidió confesarLos locos judíos habían ido a buscarlo para ofrecerle dinero a cambio de un niño cristiano, para celebrar la PascuaEl judío Lameth de Waldkirch había comprado y matado a su hijo…” Se hizo justicia con el miserable padre, que fue sometido a la rueda y después descuartizado. Los judíos quedaron en libertad.

El último caso aconteció en Worms. “… El 18 de marzo de 1564, un jueves, un curtidor de 20 años llamado Hans Vlean denunció que había sido testigo de un crimen. Afirmó que había visto al judío Abraham de Bock comprar un niño a una mujer, una kriegsfrau, 2 esconderlo bajo sus ropas y llevarlo al ghetto…” Abraham zum Bock fue interrogado y encarcelado. Finalmente, el 26 de enero de 1564, los magistrados de la ciudad aceptaron la fianza ofrecida por la comunidad judía. El 10 de marzo, veintitrés de sus líderes se presentaron en la sinagoga respondiendo por Abraham, con la promesa de reunir veinte mil florines, en presencia del notario de Worms. Abraham fue liberado el 25 de abril. Hans Vlean también fue puesto en libertad, comprometiéndose a no abandonar la ciudad hasta que el Tribunal de Cámara Imperial dictara el veredicto final sobre el crimen. El dictamen definitivo se desconoce, porque los documentos que se conservan en relación a este caso no lo indican. No obstante, R. Po-Chia Hsia se inclina por suponer que Abraham habría sido finalmente absuelto.

2 Literalmente, una señora de guerra. Un término impreciso. Se refiere a una mujer civil que sigue a un ejército. Pero puede tratarse tanto de la esposa de un soldado como de una cocinera, lavandera, ama de cría, enfermera o prostituta.

En una versión francesa anterior, titulada “Los niños perdidos”, aparece un demonio en lugar de la bruja, que quiere poner a uno de los niños en un caballete para desangrarlo. El niño pretende no saber como ponerse en el caballete, así que la mujer del diablo se lo indica. Mientras la diablesa yace sobre el instrumento, los niños le cortan el cuello y escapan.

En 2013 se estrenó una película basada en esta fábula, titulada “Hansel Hansel & Gretel: Witch Hunters” (Hansel y Gretel: cazadores de brujas), con guión y dirección de Tommy Wirkola y un reparto encabezado por Jeremy Renner, Gemma Arterton y Peter Stormare.

Aunque las críticas no fueron todo lo buenas que cabría esperar, muchos la consideran una película de culto. Abandonados por su padre en las profundidades del bosque, dos jóvenes Hansel y Gretel entran en una casa de caramelo, siendo capturados por la hechicera que la habita. La bruja encierra a Hansel en una jaula y le obliga a comer dulces sin cesar, mientras ordena a Gretel que prepare el horno. Finalmente, ambos hermanos consiguen escapar tras empujar a la bruja hacia el fuego para matarla. Años después, Hansel y Gretel han de enfrentarse con unas brujas, dirigidas por la hechicera Muriel, que están raptando niños, ya que necesitan la sangre de seis niños y seis niñas para realizar un rito que sólo se puede llevar a cabo en una noche con luna de sangre.

Hansel Y Gretel 11

Veamos ahora la fábula de los hermanos Grimm, que sirvió de base a la película citada:

Hansel y Gretel
Jacob y Wilhelm Grimm

Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su mujer y dos hijos; el niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel. Apenas tenían qué comer, y en una época de carestía que sufrió el país, llegó un momento en que el hombre ni siquiera podía ganarse el pan de cada día. Estaba el leñador una noche en la cama, cavilando y revolviéndose, sin que las preocupaciones le dejaran pegar el ojo; finalmente, dijo, suspirando, a su mujer: – ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo alimentar a los pobres pequeños, puesto que nada nos queda? – Se me ocurre una cosa -respondió ella-. Mañana, de madrugada, nos llevaremos a los niños a lo más espeso del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a nuestro trabajo. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos. – ¡Por Dios, mujer! -replicó el hombre-. Eso no lo hago yo. ¡Cómo voy a cargar sobre mí el abandonar a mis hijos en el bosque! No tardarían en ser destrozados por las fieras. – ¡No seas necio! -exclamó ella-. ¿Quieres, pues, que nos muramos de hambre los cuatro? ¡Ya puedes ponerte a aserrar las tablas de los ataúdes! –. Y no cesó de importunarle hasta que el hombre accedió-. Pero me dan mucha lástima -decía.

Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía siempre desvelados, oyeron lo que su madrastra aconsejaba a su padre. Gretel, entre amargas lágrimas, dijo a Hänsel: – ¡Ahora sí que estamos perdidos! – No llores, Gretel -la consoló el niño-, y no te aflijas, que yo me las arreglaré para salir del paso. Y cuando los viejos estuvieron dormidos, levantóse, púsose la chaquetita y salió a la calle por la puerta trasera. Brillaba una luna esplendoroso y los blancos guijarros que estaban en el suelo delante de la casa, relucían como plata pura. Hänsel los fue recogiendo hasta que no le cupieron más en los bolsillos. De vuelta a su cuarto, dijo a Gretel: – Nada temas, hermanita, y duerme tranquila: Dios no nos abandonará -y se acostó de nuevo.

A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, la mujer fue a llamar a los niños: – ¡Vamos, holgazanes, levantaos! Hemos de ir al bosque por leña-. Y dando a cada uno un pedacito de pan, les advirtió -: Ahí tenéis esto para mediodía, pero no os lo comáis antes, pues no os daré más. Gretel se puso el pan debajo del delantal, porque Hänsel llevaba los bolsillos llenos de piedras, y emprendieron los cuatro el camino del bosque. Al cabo de un ratito de andar, Hänsel se detenía de cuando en cuando, para volverse a mirar hacia la casa. Dijo el padre: – Hänsel, no te quedes rezagado mirando atrás, ¡atención y piernas vivas! – Es que miro el gatito blanco, que desde el tejado me está diciendo adiós –respondió el niño. Y replicó la mujer: – Tonto, no es el gato, sino el sol de la mañana, que se refleja en la chimenea. Pero lo que estaba haciendo Hänsel no era mirar el gato, sino ir echando blancas piedrecitas, que sacaba del bolsillo, a lo largo del camino.

Cuando estuvieron en medio del bosque, dijo el padre: – Recoged ahora leña, pequeños, os encenderé un fuego para que no tengáis frío. Hänsel y Gretel reunieron un buen montón de leña menuda. Prepararon una hoguera, y cuando ya ardió con viva llama, dijo la mujer: – Poneos ahora al lado del fuego, chiquillos, y descansad, mientras nosotros nos vamos por el bosque a cortar leña. Cuando hayamos terminado, vendremos a recogeros.

Los dos hermanitos se sentaron junto al fuego, y al mediodía, cada uno se comió su pedacito de pan. Y como oían el ruido de los hachazos, creían que su padre estaba cerca. Pero, en realidad, no era el hacha, sino una rama que él había atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, el cansancio les cerró los ojos, y se quedaron profundamente dormidos. Despertaron, cuando ya era noche cerrada. Gretel se echó a llorar, diciendo: – ¿Cómo saldremos del bosque? Pero Hänsel la consoló: – Espera un poquitín a que brille la luna, que ya encontraremos el camino. Y cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño, cogiendo de la mano a su hermanita, guiose por las guijas, que, brillando como plata batida, le indicaron la ruta. Anduvieron toda la noche, y llegaron a la casa al despuntar el alba. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra, que, al verlos, exclamó: – ¡Diablo de niños! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en el bosque? ¡Creíamos que no queríais volver! El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado.

Algún tiempo después hubo otra época de miseria en el país, y los niños oyeron una noche cómo la madrastra, estando en la cama, decía a su marido: – Otra vez se ha terminado todo; sólo nos queda media hogaza de pan, y sanseacabó. Tenemos que deshacernos de los niños. Los llevaremos más adentro del bosque para que no puedan encontrar el camino; de otro modo, no hay salvación para nosotros. Al padre le dolía mucho abandonar a los niños, y pensaba: “Mejor harías partiendo con tus hijos el último bocado.” Pero la mujer no quiso escuchar sus razones, y lo llenó de reproches e improperios. Quien cede la primera vez, también ha de ceder la segunda; y, así, el hombre no tuvo valor para negarse.

Pero los niños estaban aún despiertos y oyeron la conversación. Cuando los viejos se hubieron dormido, levantóse Hänsel con intención de salir a proveerse de guijarros, como la vez anterior; pero no pudo hacerlo, pues la mujer había cerrado la puerta. Dijo, no obstante, a su hermanita, para consolarla: – No llores, Gretel, y duerme tranquila, que Dios Nuestro Señor nos ayudará.

A la madrugada siguiente se presentó la mujer a sacarlos de la cama y les dio su pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior. Camino del bosque, Hänsel iba desmigajando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de trecho en trecho, dejaba caer miguitas en el suelo. – Hänsel, ¿por qué te paras a mirar atrás? -preguntóle el padre-. ¡Vamos, no te entretengas! – Estoy mirando mi palomita, que desde el tejado me dice adiós. – ¡Bobo! -intervino la mujer-, no es tu palomita, sino el sol de la mañana, que brilla en la chimenea. Pero Hänsel fue sembrando de migas todo el camino.

La madrastra condujo a los niños aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca había estado. Encendieron una gran hoguera, y la mujer les dijo: – Quedaos aquí, pequeños, y si os cansáis, echad una siestecita. Nosotros vamos por leña; al atardecer, cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros. A mediodía, Gretel partió su pan con Hänsel, ya que él había esparcido el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, sin que nadie se presentara a buscar a los pobrecillos; se despertaron cuando era ya de noche oscura. Hänsel consoló a Gretel diciéndole: – Espera un poco, hermanita, a que salga la luna; entonces veremos las migas de pan que yo he esparcido, y que nos mostrarán el camino de vuelta. Cuando salió la luna, se dispusieron a regresar; pero no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los mil pajarillos que volaban por el bosque. Dijo Hänsel a Gretel: – Ya daremos con el camino – pero no lo encontraron. Anduvieron toda la noche y todo el día siguiente, desde la madrugada hasta el atardecer, sin lograr salir del bosque; sufrían además de hambre, pues no habían comido más que unos pocos frutos silvestres, recogidos del suelo. Y como se sentían tan cansados que las piernas se negaban ya a sostenerlos, echáronse al pie de un árbol y se quedaron dormidos.

Y amaneció el día tercero desde que salieron de casa. Reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre. Pero he aquí que hacia mediodía vieron un hermoso pajarillo, blanco como la nieve, posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que se detuvieron a escucharlo. Cuando hubo terminado, abrió sus alas y emprendió el vuelo, y ellos lo siguieron, hasta llegar a una casita, en cuyo tejado se posó; y al acercarse vieron que la casita estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar. – ¡Mira qué bien! –exclamó Hänsel-, aquí podremos sacar el vientre de mal año. Yo comeré un pedacito del tejado; tú, Gretel, puedes probar la ventana, verás cuán dulce es. Se encaramó el niño al tejado y rompió un trocito para probar a qué sabía, mientras su hermanita mordisqueaba en los cristales. Entonces oyeron una voz suave que procedía del interior:

“¿Será acaso la ratita
la que roe mi casita?”

Pero los niños respondieron:

“Es el viento, es el viento
que sopla violento.”

Y siguieron comiendo sin desconcertarse. Hänsel, que encontraba el tejado sabrosísimo, desgajó un buen pedazo, y Gretel sacó todo un cristal redondo y se sentó en el suelo, comiendo a dos carrillos. Abrióse entonces la puerta bruscamente, y salió una mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Los niños se asustaron de tal modo, que soltaron lo que tenían en las manos; pero la vieja, meneando la cabeza, les dijo: – Hola, pequeñines, ¿quién os ha traído? Entrad y quedaos conmigo, no os haré ningún daño. Y, cogiéndolos de la mano, los introdujo en la casita, donde había servida una apetitosa comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. Después los llevó a dos camitas con ropas blancas, y Hänsel y Gretel se acostaron en ellas, creyéndose en el cielo.

La vieja aparentaba ser muy buena y amable, pero, en realidad, era una bruja malvada que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo comía; esto era para ella un gran banquete. Las brujas tienen los ojos rojizos y son muy cortas de vista; pero, en cambio, su olfato es muy fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos ventean la presencia de las personas. Cuando sintió que se acercaban Hänsel y Gretel, dijo para sus adentros, con una risotada maligna: “¡Míos son; éstos no se me escapan!.” Levantóse muy de mañana, antes de que los niños se despertasen, y, al verlos descansar tan plácidamente, con aquellas mejillitas tan sonrosadas y coloreadas, murmuró entre dientes: “¡Serán un buen bocado!.” Y, agarrando a Hänsel con su mano seca, llevólo a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja. Gritó y protestó el niño con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Dirigióse entonces a la cama de Gretel y despertó a la pequeña, sacudiéndola rudamente y gritándole: – Levántate, holgazana, ve a buscar agua y guisa algo bueno para tu hermano; lo tengo en el establo y quiero que engorde. Cuando esté bien cebado, me lo comeré. Gretel se echó a llorar amargamente, pero en vano; hubo de cumplir los mandatos de la bruja.

Desde entonces a Hänsel le sirvieron comidas exquisitas, mientras Gretel no recibía sino cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía: – Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo. Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba un huesecito, y la vieja, que tenía la vista muy mala, pensaba que era realmente el dedo del niño, y todo era extrañarse de que no engordara. Cuando, al cabo de cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba tan flaco, perdió la paciencia y no quiso aguardar más tiempo: – Anda, Gretel -dijo a la niña-, a buscar agua, ¡ligera! Esté gordo o flaco tu hermano, mañana me lo comeré. ¡Qué desconsuelo el de la hermanita, cuando venía con el agua, y cómo le corrían las lágrimas por las mejillas! “¡Dios mío, ayúdanos! –rogaba-. ¡Ojalá nos hubiesen devorado las fieras del bosque; por lo menos habríamos muerto juntos!.” – ¡Basta de lloriqueos! -gritó la vieja-; de nada han de servirte.

Por la madrugada, Gretel hubo de salir a llenar de agua el caldero y encender fuego. – Primero coceremos pan -dijo la bruja-. Ya he calentado el horno y preparado la masa –. Y de un empujón llevó a la pobre niña hasta el horno, de cuya boca salían grandes llamas. Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan -mandó la vieja. Su intención era cerrar la puerta del horno cuando la niña estuviese en su interior, asarla y comérsela también. Pero Gretel le adivinó el pensamiento y dijo: – No sé cómo hay que hacerlo; ¿cómo lo haré para entrar? – ¡Habráse visto criatura más tonta! -replicó la bruja-. Bastante grande es la abertura; yo misma podría pasar por ella -y, para demostrárselo, se adelantó y metió la cabeza en la boca del horno. Entonces Gretel, de un empujón, la precipitó en el interior y, cerrando la puerta de hierro, corrió el cerrojo. ¡Allí era de oír la de chillidos que daba la bruja! ¡Qué gritos más pavorosos! Pero la niña echó a correr, y la malvada hechicera hubo de morir quemada miserablemente.

Corrió Gretel al establo donde estaba encerrado Hänsel y le abrió la puerta, exclamando: ¡Hänsel, estamos salvados; ya está muerta la bruja! Saltó el niño afuera, como un pájaro al que se le abre la jaula. ¡Qué alegría sintieron los dos, y cómo se arrojaron al cuello uno del otro, y qué de abrazos y besos! Y como ya nada tenían que temer, recorrieron la casa de la bruja, y en todos los rincones encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas. – ¡Más valen éstas que los guijarros! –exclamó Hänsel, llenándose de ellas los bolsillos. Y dijo Gretel: – También yo quiero llevar algo a casa -y, a su vez, se llenó el delantal de pedrería. – Vámonos ahora -dijo el niño-; debemos salir de este bosque embrujado -. A unas dos horas de andar llegaron a un gran río. – No podremos pasarlo -observó Hänsel-, no veo ni puente ni pasarela. – Ni tampoco hay barquita alguna -añadió Gretel-; pero allí nada un pato blanco, y si se lo pido nos ayudará a pasar el río -.

Y gritó:

“Patito, buen patito mío,
Hänsel y Gretel han llegado al río.
No hay ningún puente por donde pasar;
¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar?.”

Acercóse el patito, y el niño se subió en él, invitando a su hermana a hacer lo mismo. – No -replicó Gretel-, sería muy pesado para el patito; vale más que nos lleve uno tras otro. Así lo hizo el buen pato, y cuando ya estuvieron en la orilla opuesta y hubieron caminado otro trecho, el bosque les fue siendo cada vez más familiar, hasta que, al fin, descubrieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron entonces a correr, entraron como una tromba y se colgaron del cuello de su padre. El pobre hombre no había tenido una sola hora de reposo desde el día en que abandonara a sus hijos en el bosque; y en cuanto a la madrastra, había muerto. Volcó Gretel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Hänsel vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Grimm

Los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm


Cenefa Separadora

Fuentes:

  1. http://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/hansel_y_gretel
  2. R. Po-Chia Hsia. The myth of ritual murder. Yale University Press. 1988.
  3. Hansel Hansel & Gretel: Witch Hunters” (Hansel y Gretel: cazadores de brujas). Guión y dirección: Tommy Wirkola.
  4. La Bête du Gévaudan. Abbé Pierre Pourcher. Bloomington, IN. Milton Keynes, UK.